Dicen que las carreras en España tienen tres salidas: por tierra, mar y aire. Cuando yo terminé la mía me decanté por aire, pero no para hacer un máster o encontrar empleo. Había estudiado Comunicación Audiovisual, un grado que para mí supuso una gran decepción. Cuando terminé, la idea de seguir estudiando me daba urticaria y los ánimos respecto a encontrar un trabajo decente andaban escasos. Pero claro, esas eran las dos únicas opciones, ¿no? Estudiar o trabajar.

El día en que cuestioné esta afirmación mi vida cambió por completo.

¿Por qué tenía que comprometerme a hacer algo que no quería? Es más, ¿qué es lo que quería hacer de verdad? La respuesta me vino como un relámpago: viajar. Así que pasé el verano trabajando en puestos precarios y, cuando llegó el otoño, me eché un macuto al hombro y me marché a recorrer Estados Unidos de norte a sur durante tres meses.  No tenía ningún objetivo, solo quería ver mundo y enfrentarme sola a ese reto. No buscaba nada que me ayudara a conseguir un trabajo o una titulación mejor: por primera vez no quería ser productiva.

Desde pequeños tenemos incrustada en la cabeza la idea de que nuestro valor como personas se mide según nuestra productividad. Tener tal o cual título, haber trabajado en esta o aquella empresa, eso es lo que nos hace mejores. Pero resulta que aquellos tres meses de viaje fueron los únicos de mi vida adulta en los que he sido una ni-ni, y me enriquecieron más que ninguna otra experiencia anterior.

Si algo he aprendido de todo esto es que las experiencias vitales son, a fin de cuentas, más esenciales que la productividad, y que esta debe estar subordinada a las primeras y no al revés. Quedarme en España y trabajar habría sido más fructífero a corto plazo, desde luego. Pero irme sin ningún objetivo a explorar el mundo me convirtió en una persona mucho más resolutiva, abierta y espabilada. Y no digo que la productividad no sea importante, ni que la ambición sea perjudicial. Es obvio que dependemos del trabajo para vivir, y a mejor formación, mejor trabajo. Pero la necesidad de ser productivos nos anula cuando la convertimos en el motor de nuestras acciones. La productividad es un medio, no un fin, y al olvidarnos de esto nos convertimos en esclavos de nosotros mismos.

Eso sin mencionar que de estas experiencias tan especiales muchas veces nacen proyectos de forma natural que, al final, acaban dando resultados. Y es lógico, porque cuando algo nos apasiona sentimos la necesidad de incorporarlo a nuestra vida diaria. Sin ir más lejos, cuando yo volví a España abrí un blog de viajes y activismo, Revolution on the Road, en el que publico artículos y que me ha aportado oportunidades a las que no habría tenido acceso de otra forma.

Formarnos y tener un buen trabajo es importante, sí. Pero también es importante algo que no tenemos tanto en mente: que de vez en cuando debemos reivindicar nuestro derecho a ser improductivos, a explorar, a hacer las cosas porque sí. Y así, tal vez, encontraremos la forma de poner la productividad al servicio de nuestras pasiones.

Elisa Coll

Graduada en Comunicación Audiovisual

Revolution on the Road